¿Se Acerca la Gran Tribulación?

De Edén a la Nueva Jerusalén: El Plan de Dios para la Humanidad

CAPÍTULO 3

INTRODUCCIÓN AL DIOS ETERNO

 

(3=guímel, "propósito divino")

¿Quién es el Dios verdadero?
¿Cómo se ha revelado a la humanidad?
¿Quién es Jesús?
¿Quién es el Espíritu Santo?
¿Cuándo acabará Satanás?
Y ¿cómo se relaciona todo esto con la gran tribulación?

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Dioses Falsos

La mayoría de religiones del mundo describen a sus dioses en términos de antiguas imágenes místicas, hombres fallecidos o fantasías de espíritus fantasmas e invisibles. Debido a que somos criaturas finitas y vivimos en un planeta con diversas culturas y diferentes trasfondos religiosos, es difícil hallar un consenso acerca de cómo es Dios en verdad.

Desde el pasado distante hasta el presente los hombres han defendido con celo sus creencias. A través de la historia zelotes religiosos impusieron sus convicciones mediante la conquista con la fuerza de la espada, tortura y persecución. No hace mucho terroristas islámicos hicieron estrellarse aviones contra edificios en Nueva York y Washington. Mataron a miles de inocentes y la economía de los Estados Unidos sufrió una caída que también afectó el mercado y comercio mundial. La historia marca un rastro de sangre de lo que los seres humanos les hacen a los que sostienen creencias opuestas. Debido a estas cuestiones la sociedad moderna ha renunciado a creer en algún dios y ha abrazado una filosofía humanística y una espiritualidad de criterio propio.

A pesar de toda esta confusión el corazón humano busca la verdad. Los que están buscando propósito de la vida lo hallarán sólo en lo Dios reveló hace miles de años. Dios nos dejó abundante evidencia en su palabra, la Biblia. El ser humano moderno puede descubrir estas verdades al examinar la revelación de Dios mediante el diseño de su creación como se ilustra en el Sistema Numérico del Alfabeto Hebreo (Romanos 1:20).

DiosPadre

El Sistema Numérico del Alfabeto Hebreo puede ampliar nuestro entendimiento de cómo pensaban en cuanto a Dios los hebreos antiguos. La primera letra del alfabeto hebreo es alef, que quiere decir “principio,” “cabeza,” o “Dios eterno.” Para la mente hebrea alef simbolizaba que todo en este universo tiene un principio, puesto que fue creado por el Dios eterno, quién es la Cabeza de todo.

Alef tiene un valor matemático de uno (1). Numerosos pasajes bíblicos se refieren a Dios literalmente como el “Anciano Uno.” Las matemáticas básicas enseñan que podemos multiplicar cualquier número por uno y el resultado no cambia el número original. El uno (1) está firmemente establecido en la fórmula, pero está oculto en el producto de la ecuación. Esto sugiere que nada puede existir en el mundo material sin la fuerza misteriosa de Dios incrustado en eso.

Conceptualmente podemos pensar de Dios comparándolo con sus atributos. Él es eterno. Dios no tiene ni principio ni fin, habiendo existido previamente desde la eternidad del pasado. Es infinito y luz inaccesible. El Creador es justicia absoluta, amor absoluto, vida absoluta, santidad absoluta e inmutable. Si su mano invisible se retirara del universo físico, todas las partículas subatómicas se desbaratarían y activarían una destrucción del mundo físico por entero. Desatarían una total desintegración de todo lo que llamamos materia.

Los científicos nos dicen que la estrella más cercana a la tierra está a una distancia de miles de millones de años luz. Si pudiéramos colocarnos en esa estrella y mirar a la tierra, nuestro planeta parecería del tamaño del agujero de un alfiler en una hoja de papel negro. Si usted mirara con un microscopio a ese agujero de alfiler, vería una playa larga y arenosa. Una persona en esa playa representaría a un solo grano de arena en esa playa. Poetas, estudiosos, científicos y filósofos han tratado por siglos de entender la naturaleza del universo, y todo lo que podemos es concluir lo que dice la Biblia:

“¿Descubrirás tú los secretos de Dios?

¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?” (Job 11:7)

 

DiosHijo

El segundo lado de nuestro triángulo, el lado “DiosHijo” de Dios, es una manifestación de DiosPadre que se comunica desde el ámbito infinito al mundo físico.

Caminando por un sendero cerca a nuestra casa con uno de mis hijos un día, noté un hormiguero. Muchas hormigas estaban atareadas formando un sendero hasta nuestra cocina. Me pregunté si sabían que estábamos observándolas. Eran tan pequeñas, que incluso mi hijo menor debe haberles parecido enorme a esos insectos diminutos.

Nosotros somos minúsculos comparados a Dios, y sin embargo él siempre nos está observando. Los seres humanos han interferido con su plan divino principiando en el huerto del Edén, y nos hemos merecido su castigo. Pero en lugar de simplemente exterminarnos, Dios se hizo hombre para darse a conocer a nosotros. Su mensaje es que la dirección que estábamos siguiendo nos llevará a nuestra destrucción. Al bajar a nuestro nivel mostró que se interesa profundamente en nosotros. La Biblia dice:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

El Uno (alef, que quiere decir “principio,” “cabeza,” o “Dios eterno”) se hizo dos ( bet, que quiere decir "casa" o "dualidad"). Dios sigue siendo Uno, pero en un momento particular de la historia se mudó a una estructura (“casa”) de la dimensión tiempo a fin de hablar con nosotros. El Creador del universo se hizo carne y vivió entre nosotros en una “casa” de carne. Este gran misterio es difícil entender porque nosotros pertenecemos a un dominio inferior de existencia.

El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa (Hebreos 1:3, nvi)

Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten (Colosenses 1:16-17).

Dios sufrió un gran desencanto cuando Satanás cayó de la posición importante que ostentaba en el gobierno celestial. La integridad de Dios había sido cuestionada por uno de sus seres creados, lo que amenazaba el mismo cimiento de su gobierno en el universo. Este evento exigió un nuevo liderazgo en los cielos para salvaguardar contra toda rebelión futura. Dios no sólo tuvo que lidiar con Satanás, sino también con toda una multitud de ángeles caídos que se alinearon con Satanás. Había que enseñarles que ir en una dirección que Dios no aprueba es insensato. Dios debía enseñar a estos ángeles caídos, y a todas las generaciones futuras de hombres, la inutilidad de establecer una filosofía de vida contraria a los preceptos y propósitos de Dios.

Debido a que Dios es tan poderoso nos permite experimentar, incluso cuando estamos equivocados. Por esto hay falsas religiones que a menudo gobiernos impíos implementan e imponen. Por ejemplo, durante las primeras décadas del siglo veinte algunos consideraron el socialismo y el comunismo válidos para el mejoramiento de la humanidad. Se libraron tremendas batallas para convencer a todo mundo que estos sistemas proveerían justicia e igualdad social. Millones de personas fueron sacrificadas en los gúlags y campos de concentración de Europa. Se destruyó familias enteras, y se saqueó sus propiedades.

Desde la creación del mundo la humanidad se ha enredado en incontables guerras. Las personas están sujetas el pecado y al fracaso; por consiguiente, somos incapaces de gobernarse nosotros mismos sin la dirección de Dios. Puesto que fuimos creados con libre albedrío para escoger, debemos ser persuadidos, educados y guiados a la verdad. Una vez que aceptamos la verdad divina, con todo debe os humillarnos ante Dios en oposición a la influencia maligna de Satanás.

Durante los años en que anduvo en la tierra Jesucristo era la misma encarnación de DiosPadre. En el manto de carne humana el DiosHijo nos demostró cómo vivir en pleno dominio de Satanás una vida que agrada a DiosPadre. Jesús demostró confianza absoluta en el Padre celestial y vivió una vida libre de pecado como miembro de una sociedad dada a la crítica. En todo lo que pensó, dijo e hizo el DiosHijo ejemplificó interés de amor por su ampliamente definido prójimo y se sometió a las autoridades establecidas. Pero no obedeció a esas autoridades humanas en lo que contradecían las leyes y el propósito de Dios. Para demostrar que era el Dios eterno y no meramente hombre, realizó muchos milagros sobrenaturales.

Para restaurar el honor de Dios Jesucristo llegó a ser el medio de salvación para el ser humano pecador. En la cruz Jesús hizo expiación por todos los pecados de la humanidad, y abrió el camino para que los pecadores perdidos puedan nacer de nuevo a la familia de Dios. Estas personas, a las que la Biblia llama “santos” reemplazarán en la jerarquía reinante del reino de Dios a los ángeles caídos que siguieron a Satanás. Ellos ocuparán cargos de honor en el universo futuro bajo el Dios Todopoderoso. Estos santos, que fueron perseguidos en la tierra por hombres perversos, aprenderán a amar a Dios en medio de la adversidad, el dolor, lágrimas y muerte. Habrán sido preparados por Dios mismo para resistir el mal y seguir el camino de justicia.

Durante su vida en la tierra Jesús les enseñó a sus seguidores, y ellos escribieron lo que él dijo. De ese registro escrito tenemos algún conocimiento de lo que es “el otro lado” (la dimensión basada en cinco). Esta información describe lo que es el infierno y el Hades, y de lo que los mortales podemos esperar después de morir. Sólo el que ha venido del otro lado puede ser un testigo verdadero de las cosas que pertenecen a la dimensión basada en cinco.

Muchas religiones falsas tienen problemas con lo que enseña la Biblia, porque esa enseñanza está en conflicto con las tradiciones formuladas por el hombre. Satanás hará todo lo que le sea posible, incluyendo el asesinato y el engaño, para mantener a los hombres en la ignorancia. Por ejemplo, el islam enseña un Dios distante y solitario. Los musulmanes rechazan de plano la idea de que Dios pudo tener un hijo. Tienen dificultades para entender que Dios, que es espíritu, por necesidad científica pudo revelarse a sí mismo sólo en la dimensión tiempo transformando su naturaleza y apariencia invisibles en algo que pudiera relacionarse en nuestro nivel dimensional, algo que los seres humanos pudieran observar para captar su propósito amante al crearnos.

Dios escogió aparecerse en cuerpo humano. Si se hubiera hecho visible como un animal, nosotros nos hubiéramos sentido superiores y no le habríamos aceptado como Dios. Si hubiera venido como un ángel poderoso, nos hubiéramos aterrado y huido. Por consiguiente, el Dios eterno vino en la carne, como la persona conocida en la historia como Jesucristo.

Ninguna otra persona en la tierra pudo haber hecho lo que Jesús hizo. Cuarenta profetas y hombres santos predijeron su vida y muerte siglos atrás. Él demostró su capacidad divina y sobrenatural al revivificar a los muertos, y al acallar una tempestad en el mar. Por su presencia el pescador Pedro anduvo sobre el agua. Los discípulos dieron de comer a miles de personas con un poco de pan y unos cuantos pescaditos. Jesús sanó incontables enfermedades. Cuando vio a Jesús en la cruz, un comandante romano que había presenciado cientos de ejecuciones, afirmó:

“Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39)

Por voluntad propia Jesús entregó su vida terrenal en las manos de un Dios santo. Nadie podía matar al originador de la vida. El hombre, por influencia de Satanás, controló los eventos de su crucifixión, pero sólo porque Jesús lo permitió. Jesús proclamó que él es la resurrección, el que da la vida, y nadie viene al Padre sino por él (Juan 11:25). Ninguna otra religión puede afirmar eso.

Si examinamos con sinceridad la evidencia del hecho histórico, hallaremos que no se puede poner a Jesús en el mismo nivel de los mortales pecadores, ni siquiera de los profetas. Debido a que nuestra ignorancia es total en cuando a la dimensión espiritual, ni siquiera nos damos cuenta de que es necio e insensato creer en nuestros propios sistemas de creencias que hemos fabricado.

Como lo registra el Antiguo Testamento hace miles de años Dios se le apareció a Abraham como un viajero al paso. Habiendo entendido los oráculos de los profetas, Abraham de inmediato reconoció a este huésped importante y le trató como “Señor.” Más tarde Dios se reveló en una zarza que ardía, mediante las diez plagas de Egipto, en una poderosa tormenta, y en un silbo apacible y delicado.

El Nuevo Testamento registra que el Dios Todopoderoso vino a la tierra como un nene que creció hasta hacerse hombre. Puedo entender esto, porque me permite evaluar quién es Dios sin tener miedo. Puedo estudiar el historial de la vida de Jesús y empezar a entender cómo es Dios. Estoy agradecido porque se reveló de la manera en que lo hizo. (También me alegro de que no me ha lavado el cerebro ninguna de las numerosas religiones del mundo que enredan a sus seguidores en un complejo sistema de creencias reforzadas por el asesinato y suicido aprobado por el gobierno).

—Señor —dijo Felipe—, muéstranos al Padre y con eso nos basta.

—¡Pero, Felipe! ¿Tanto tiempo llevo ya entre ustedes, y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decirme: “Muéstranos al Padre”? ¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras. Créanme cuando les digo que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí; o al menos créanme por las obras mismas. Ciertamente les aseguro que el que cree en mí las obras que yo hago también él las hará, y aun las hará mayores, porque yo vuelvo al Padre” (Juan 14:8-12 nvi ).

Cientos de profecías del Antiguo Testamento describen al segundo miembro de la Deidad, el DiosHijo que vino a este mundo y a la dimensión tiempo con un propósito específico. Juan, el discípulo de Jesús, empieza su relato del evangelio de esta manera:

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella...

En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios...

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Juan 1:1-5, 10-12, 14).

La Vida Terrenal de Jesús

Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.

Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta.

Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón.

Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; porque nada hay imposible para Dios.

Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia (Lucas 1:26-38).

En algún momento alrededor del año 1 a.C., un mensajero del otro lado llamado Gabriel visitó a María, una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un carpintero llamado José. Después del saludo inicial el ángel le anunció a María que Dios la había seleccionado para que quedara encinta con la Simiente Divina por el Espíritu Santo. La profecía de la simiente que vendría fue dada primero en tiempo de Adán y Eva en el huerto del Edén:

Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar (Génesis 3:15).

En todo el Antiguo Testamento hay registradas muchas otras referencias al Mesías prometido. María sabía estos oráculos de Dios. Convino en ser la criada del Señor, y convertirse así en la madre terrenal del Hijo de Dios.

Conforme Jesús crecía María le habló de las profecías que se habían hecho antes de su nacimiento. Le describió la aparición de ángeles que anunciaron su nacimiento. También le habló de Herodes, que había tratado de matarlo masacrando a cientos de bebés que nacieron más o menos al mismo tiempo que él. Le informó a Jesús de las personas nada comunes que asistieron a la ceremonia de su circuncisión en el templo, y de los tres científicos sabios que habían viajado gran distancia para investigar la extraña luz que habían visto en el cielo, la estrella de Belén, que apareció cuando había nacido.

Cuando niño Jesús debe haber preguntado por qué él era diferente de los demás muchachos del pueblo. Me imagino que aprendió a leer y a escribir mucho más temprano que sus compañeros. El padre terrenal de Jesús, José, debe haber sacrificado mucho para satisfacer el hambre de su hijo por las Escrituras.

A los doce años Jesús fue a la gran biblioteca del templo de Jerusalén. Quedó tan absorto con los antiguos documentos que no notó que sus padres ya se habían marchado, y que tuvieron que buscarle por tres días.

Mientras Jesús leía los rollos bíblicos, varios escribas y profesores de religión estudiados notaron el interés del muchacho y se les despertó la curiosidad por saber quién era. Jesús de inmediato aprovechó la oportunidad e hizo muchas preguntas a los expertos de la Torá. Ellos de buen grado se pusieron a enseñarle a este asombroso alumno, pero él les hablaba en términos que nunca antes habían oído. Se quedaron perplejos por el entendimiento de este muchacho que podía citar de memoria muchos pasajes de las Escrituras.

Cuando los padres de Jesús finalmente lo hallaron, se dieron cuenta de que él no estaba interesado en jugar como los demás muchachos o explorar la enorme ciudad. Estaba buscando su identidad. Parecía que se había puesto una cortina sobre la mente joven de Jesús en su nacimiento que le impedía reconocer plenamente su deidad. Jesús tuvo que esperar treinta años para poder recibir confirmación directa de su identidad.

Cuando Jesús tenía treinta años fue bautizado en el río Jordán por su primo Juan. Al salir del agua se abrió el cielo, y el Espíritu de Dios descendió sobre él como paloma. Una voz del cielo dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

Jesús aceptó el llamado de su Padre celestial. De inmediato después de eso Dios le condujo al desierto, en donde él ayunó por cuarenta días. Hacia el fin de este período Jesús sintió hambre debido a la falta de alimentación. Satanás se acercó a Jesús para tentarlo. Trató el mismo método que había usado para seducir a Eva y a Adán en el huerto del Edén. Satanás puso en tela de duda la autoridad de Dios diciendo: “¿Conque Dios ha dicho . . .?”

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.

Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:1-4. Véase también Marcos 1:12-13 y Lucas 4:1-4).

Jesús no tenía que probar que era DiosHijo, porque en su bautismo Dios ya había dicho que lo era. Sin embargo, Jesús respondió a la tentación de Satanás con “escrito está . . .” Satanás trató una segunda vez, pero rápidamente cambió su táctica:

Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:

A sus ángeles mandará acerca de ti,
y,
En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios (Mateo 4:5-7. Véase también Lucas 4:9-12).

Satanás se dio cuenta de que no podía ganar. Estaba listo para concederle a Jesús toda la tierra, todo lo que Dios le había entregado, si tan sólo Jesús reconociera que él era el más grande.

Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares.

Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.

El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían. (Mateo 4:8-11. Véase también Lucas 4:5-8).

Jesús le señaló a Satanás que una vez que el plan de Dios ha sido puesto en marcha, nada podría cambiarlo.

Después de que Satanás se dio por vencido y se fue, los ángeles ministraron a las necesidades físicas de Jesús (agua y comida), aunque Jesús podía haber usado su poder divino para su sustento (Mateo 4:11).

Inmediatamente después de este incidente Jesús hizo un milagro que mostró su poder divino y sobrenatural. Convirtió el agua en vino excelente (Juan 2:1-11). Los Evangelios describen muchos milagros increíbles de Jesús, demostrando que él tenía poder para cambiar la naturaleza. Los que siguen son apenas unos pocos ejemplos:

Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir (Juan 21:25).

Al acercarse al fin de su ministerio en la tierra Jesús habló en presencia de miles de testigos en cuando a la relación que siempre había tenido con el Padre celestial:

[Jesús dijo:] Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.

Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado.

Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.

Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.

Le respondió la gente: Nosotros hemos oído de la ley, que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo, pues, dices tú que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado? ¿Quién es este Hijo del Hombre?

Entonces Jesús les dijo: Aún por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va. Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.

Estas cosas habló Jesús, y se fue y se ocultó de ellos (Juan
12:28-36).

La Transfiguración

Tres años y medio más tarde, en el Monte de la Transfiguración, casi al final del ministerio terrenal de Jesús, una voz del cielo se dejó oír de nuevo, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17:5).

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.

Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.

Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.

Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo (Mateo 17:1-8. Véase también Marcos 9:2-12 y Lucas 9:28-36).

Hubieron cinco testigos oculares de esta importante reunión entre Dios Padre y Jesús el Hijo. Dos eran “del otro lado” (Moisés y Elías, ambos de los cuales habían ido al cielo siglos atrás), y tres eran de la tierra (Pedro, Jacobo y Juan). Todos observaron a Jesús siendo transformado, llegando a ser brillante como el sol, y reconocieron que estaban en la presencia de Dios, que es luz inaccesible.

Dios se comunicó con Jesús sin hablar verbalmente y Jesús entendió. Convino en convertirse en el Cordero sustituto para ser inmolado por el pecado de la humanidad. Una voz se oyó desde arriba de la nube que los cubrió, y dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.” Esta afirmación probaba más allá de toda duda que Jesús es deidad.

La ley o Torá de Israel exigía que dos o tres testigos verificaran algún suceso (Deuteronomio 19:15). Cinco testigos vieron la transfiguración de Jesús, lo que la pone en línea con el Sistema Numérico del Alfabeto Hebreo (5=jeh, "el otro lado ").

Poco tiempo después Jesús entraría por la puerta real a Jerusalén, montado en un burro, con las multitudes gritando triunfalmente: “Hosanna, Hijo de David,” proclamándole rey. Este entusiasmo público produjo resentimiento en el establecimiento religioso. El sanedrín, que era el concilio supremo de Israel, temía con pavor un levantamiento del pueblo: por consiguiente, convocaron una sesión de emergencia temprano en la mañana en casa de Anás. Anás era suegro de Caifás, que era un individuo extremadamente poderoso y rico así como sumo sacerdote de Israel.

Según la ley dada por medio de Moisés, el sumo sacerdote tenía que ser descendiente de la familia de Aarón. Su función primaria era hacer expiación una vez al año por los pecados de toda la nación, y ofrecer sacrificio a Jehová Dios en la cámara interior, el “Lugar Santísimo,” que estaba separada del resto del templo por una cortina alta y gruesa. Según la ley mosaica el sumo sacerdocio se heredaba, como la realeza, y la sucesión se producía sólo por su muerte o renuncia.

El pueblo de Israel esperaba que Jesús usara su poder divino para destruir a la fuerza romana de ocupación. Algunos relatos mencionan que la madre de Jesús era descendiente de la familia sacerdotal. Si esto es así, eso habría abierto la posibilidad de que Jesús llegara a ser sumo sacerdote de Israel. Esta combinación de poder religioso y de realeza, juntándose en una Persona, fue singular en la historia registrada.

Caifás se dio cuenta de que tenía un problema entre manos. Si el pueblo no podía hacer rey a Jesús, a lo mejor tratarían de hacerle sumo sacerdote. Los romanos probablemente verían con buenos ojos una pequeña diversión porque siempre atizaban los conflictos a fin de mantener las riendas. Caifás estaba bien conectado con Roma. Le había comprado su cargo por alto precio a la autoridad herodiana, y no tenía ninguna gana de perderlo a manos de un predicador campesino. No; había que detener a este Jesús. El sanedrín fraguó un plan. Desacreditarían a Jesús hallándole culpable de haber faltado a alguna ley.

Jesús se preparó para entregarse en las manos de hombres pecadores. Como había dicho el profeta Isaías cientos de años antes, fue llevado como cordero al matadero:

Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.

Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido.

Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca (Isaías 53:7-9).

Sabiendo que estaba a punto de ser detenido, Jesús reveló su humanidad en el huerto del Getsemaní. Jesús sabía que sería entregado a curtidos soldados romanos, que eran expertos en la tortura, para que lo crucificaran. Así que se retiró a un lugar tranquilo, con sus discípulos, para orar.

Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera.

Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.

Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.

Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.

Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega (Mateo 26:36-46. Véase también Marcos 14:32-42).

En las primeras horas de la madrugada el tribunal arrestó a Jesús como si fuera un criminal, y se dirigieron al palacio fortificado del sumo sacerdote. Caifás apareció, vestido en todos sus atuendos formales y llevando el pectoral con las doce piedras preciosas, que se usaba sólo en funciones y ocasiones religiosas muy especiales. No era normal que la corte se reúna antes de la salida del sol. Sin embargo, el sanedrín se daba cuenta de que probablemente durante el día se reuniría una gran multitud, exigiendo un rey. Sabían que el gobierno romano nunca permitiría tal cosa.

Cuando no pudieron hallar evidencia alguna de mala conducta, el sanedrín buscó testigos falsos, que estuvieron dispuestos a testificar contra Jesús, pero sus testimonios se contradecían entre sí. Como la reunión se prolongaba Caifás se dio cuenta de que no iban a ninguna parte. En su impaciencia por todos esos insulsos intentos de lograr un veredicto de culpabilidad, se levantó de su asiento y se puso cara a cara frente a Jesús, y le pidió a quemarropa que jurara por el Todopoderoso si él era el Mesías.

Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, diciendo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? (Marcos 14:60-61).

Jesús no le contestó como Caifás esperaba. Simplemente dijo que él era "YO SOY."

Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo (Marcos 14:62).

Todos los presentes comprendieron que esto quería decir que Jesús estaba afirmando ser el Creador del universo (Daniel 7:9-10, 13-14). El salón estalló en gritos, alaridos y rugidos. La reunión degeneró en una chusma enfurecida sedienta de sangre. Caifás perdió su compostura y dignidad, y, en el calor del momento, rasgó el pectoral de piedras preciosas, que representaban a la nación de Israel. Gritó por encima de los gritos de los demás, diciendo: “¡Blasfemia! Se acaba de condenar a sí mismo. No necesitamos testigos.”

Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece? Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte.

Y algunos comenzaron a escupirle, y a cubrirle el rostro y a darle de puñetazos, y a decirle: Profetiza. Y los alguaciles le daban de bofetadas (Marcos 14:63-65).

Cuando ya fue de día los fariseos llevaron a Jesús al Pretorio, que era un foro público, y exigieron que las autoridades romanas crucificaran a Jesús. Los relatos de los cuatro Evangelios describen en detalle los juicios ante Poncio Pilato, quien mandó a Jesús al rey Herodes. Herodes lo mandó de vuelta a Pilato, no hallando en él ningún crimen que mereciera la pena de muerte (Lucas 23:15). Después de que Pilato examinó de nuevo a Jesús, les dijo a los principales sacerdotes que no podía hallar culpa en él, como tampoco la halló Herodes.

Los fariseos acusaron a Jesús de traición, diciendo que Jesús había aducido que era rey. Pilato se irritó cada vez más por la acusación de traición. El sumo sacerdote había implicado que el César podía oír de esta sedición, y Pilato estaría en problemas por no haber podido sofocarla.

Pilato entonces decidió darles a los dirigentes judíos una alternativa. Sacó a Barrabás, un terrorista y asesino preso, que instigó problemas en las calles de Jerusalén. Ofreció soltar a uno de los presos: Jesús o Barrabás.

Cuando el pueblo, atizado por el establecimiento religioso, escogió a Barrabás y pidió a gritos la crucifixión de Jesús, Pilato ordenó que lo flagelaran. Esperaba que eso apaciguaría a las masas y mostraría que Roma hablaba en serio al tratar con presos acusados. La flagelación fue brutal. Los centuriones romanos usaban instrumentos crueles de tortura, que rasgaban la carne del condenado.

El centurión romano entendió la orden de castigar al preso y flagelarlo hasta la muerte. Los romanos diestramente usaban flagelos del tipo más cruel, para rasgar la carne. El centurión se dio cuenta demasiado tarde que la orden no era matar al preso, pero para entonces mucha de la sangre del preso ya se había regado por el suelo. Su cuerpo estaba destrozado y estropeado más allá de todo reconocimiento.

Después de la flagelación arrastraron a Jesús afuera para exhibirlo ante la multitud que esperaba. Dándose cuenta de que Jesús humanamente no podría sobrevivir mucho por las heridas que le habían abierto, Pilato exclamó: “Aquí tienen al hombre.” Este evidente intento de despertar la compasión en el pueblo fracasó porque los dirigentes religiosos judíos ya habían atizado al pueblo, que lanzando maldiciones exigieron a los romanos que lo crucifiquen.

El Último Milagro de Cristo

Fue un milagro que Jesús pudiera siquiera caminar para salir a que lo exhiban ante el público que esperaba. Médicamente el daño hecho a su cuerpo, según lo describen los registros bíblicos, descartaba toda posibilidad humana de incluso sobrevivir aunque fuera por pocas horas, y con certeza hubieran eliminado la posibilidad de salir andando. Jesús había sufrido brutalidad horrenda del más alto orden.

Sin embargo, nada podía matar al “Uno Eterno de Vida Inherente” sin su permiso. Satanás había hecho todo lo posible por lograrlo, y había fracasado. El Creador encarnado del universo había afirmado anteriormente que nadie podía quitarle la vida. Él mismo la pondría por decisión propia:

Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre (Juan 10:17-18).

El Sistema Numérico del Alfabeto Hebreo explica cómo este último evento milagroso pudo ser posible más allá de toda posibilidad biológica. La Piedra de Roseta de la Biblia revela cómo un ser del sistema basado en cinco (“del otro lado”) es superior a la dimensión del sistema basado en siete (dalet) en que vivimos nosotros. (Véase mi segundo libro, El Misterio del 17 de Tamuz, para más información sobre esta clave para entender la profecía bíblica). Aunque Jesús era humano y sentía intenso dolor con cada azote del flagelo, ese dolor no podía matarlo porque el plan de Dios exigía la muerte en un “madero.”

Primero, el Creador debía dar su permiso. Segundo, Jesús venía por nacimiento de la dimensión basada en cinco, lo que fue un suceso sobrenatural. En el futuro, cuando Satanás sea arrojado de la dimensión basada en cinco, veremos el mismo principio en función. Ese ángel caído entrará en el cadáver del falso Mesías para dar la apariencia de vida resucitada. Este evento futuro también será un suceso sobrenatural que no se puede explicar mediante las leyes físicas del sistema basado en siete de la tierra (dalet, “este mundo en este tiempo”).

Horas más tarde Jesús fue clavado en la cruz. El Creador de toda la vida del universo voluntariamente permitió que los hombres lo azotaran, lo torturaran, y le crucificaran. Ningún ser humano, ni ningún ángel, para el caso, podía matar al Hijo de Dios. Él tenía que poner su vida por decisión propia.

Jesús tenía el poder para bajarse de la cruz en cualquier momento, volver al cielo y sentarse en el trono de poder. Pero dejó sus derechos a un lado en sumisión total al Padre. Confió en Dios y en las Escrituras del Antiguo Testamento, la palabra de Dios escrita, que predecía su resurrección corporal.

Las últimas palabras de Jesús antes de su muerte, dichas en dolor más allá de toda medida, fueron: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27:45-46).

Luego, contestando a su propia pregunta, Jesús dijo: “—Todo se ha cumplido” (Juan 19:30, nvi ).

Las últimas palabras de Jesús implican que ser desamparado por Dios es peor que la muerte. Su separación de Dios Padre era insoportable. Sin embargo, se sometió voluntariamente, usando el poder que tenía para entregar su vida. Este hecho fue obvio incluso para el centurión romano que presenciaba la crucifixión, y que afirmó: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).

En el momento de la muerte de Jesús sucedió un profundo milagro. Dentro del templo había un amplio salón separado por una gruesa cortina, que dividía el espacio en dos cámaras separadas. La cortina consistía de cinco capas de tela de casi tres centímetros de espesor, hermosamente bordada por ambos lados y hecha muchos siglos antes.

Cuando Jesús murió la cortina de rompió de arriba hacia abajo, por obra de una fuerza poderosa e invisible. El salón más secreto del santuario, el Lugar Santísimo, que por siglos casi nadie excepto los sumos sacerdotes había visto, quedaba abierto a la vista de todos. Esto indica que el acceso a Dios ya no puede ser prevenido por ningún sistema religioso humano.

Mientras el cuerpo de Jesús estuvo en la tumba, el poder de la muerte fue destruido. Tres días después él resucitó de la tumba, y volvió a la vida. Por los siguientes cuarenta días se apareció a una multitud de testigos. Las ocasiones son demasiadas numerosas para mencionarlas aquí, pero los relatos de los Evangelios en la Biblia narran muchos detalles.

Antes de volver al cielo Jesús les enseñó a sus discípulos todo lo que ellos necesitaban saber para cumplir su nueva misión: esparcir a todas las naciones las noticias de lo que habían visto. Jesús entonces ascendió al cielo, y ahora está sentado en el trono más alto, a la diestra de Dios Padre, para interceder por nosotros como sumo sacerdote para siempre. Los eventos del nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesús siguieron la secuencia exacta que predijeron muchos profetas siglos antes.

Jesucristo, el Sumo Sacerdote

Después de ascender al cielo Jesús no nos dejó solos para que vivamos nuestras vidas como antes. La Biblia revela que Jesús interviene ante un Dios santo a nuestro favor. Cuando una persona se entrega a Jesucristo y le pide perdón, nace en la familia de Dios. Se le perdonan todos sus pecados, pasados y futuros. Se nos eleva a la situación de realeza privilegiada: hijos del Dios eterno.

Empezando en ese momento, Dios comienza a enseñar a sus hijos recién nacidos la diferencia entre el bien y el mal. Todavía tenemos la vieja naturaleza, que continúa haciendo cosas de pecado. Sin embargo, el Espíritu Santo que está en nosotros destaca el mal que hacemos. Nuestra conciencia se despierta; sentimos dolor, tristeza y aflicción.

Cuando nos ensuciamos las manos, hay que lavarlas. Pero no necesitamos un baño completo. Puesto que hemos sido hechos nuevas criaturas en Cristo, necesitamos que limpiar sólo lo que se ha ensuciado. Por eso necesitamos a Jesús en el cielo, para que esté ante un Dios santo y sea un mediador por nosotros. Él es ahora nuestro Sumo Sacerdote. Debido a que Jesús hizo expiación por todos nuestros pecados y nos perdonó, sólo necesitamos que se nos limpie nuestras manos sucias.

Conforme crecemos en nuestra vida con él, pecaremos menos y menos. Nuestro ser interior gradualmente cambia, y nos volvemos más gentiles, amables y veraces. Empezamos a perdonar a los demás, incluso a amar a nuestros enemigos, tal como Jesús lo demostró durante sus años en la tierra.

El objetivo máximo de Dios es que seamos santos, o separados de este mundo malo como hijos de luz. Nuestro “sistema inmune” santo reacciona contra los invasores ajenos, reconociendo el mal y neutralizándolo. Esto es la garantía de la nueva tierra y nuevo cielos futuros en los que nunca se deshonrará a Dios y nunca habrá pecado.

Este proceso es similar a cargar programas en un computador nuevo. Una vez que hemos sido programados por completo para nuestra vida futura, el computador se apagará y se encenderá de nuevo para que la nueva información quede permanentemente instalada. Nuestros cuerpos morirán, y luego seremos resucitados. Después de eso nuestros cuerpos eternos se volverán visibles de nuevo, pero esta vez sin una naturaleza de pecado.

Una breve lista de las profecias acerca de Jesucristo

Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4:14-16).

Al presente no existe ningún sumo sacerdote en la tierra, pero Jesucristo intercede por nosotros ante el Dios Todopoderoso en el cielo como nuestro mediador.

Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.

Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. Porque la ley constituye sumos sacerdotes a débiles hombres; pero la palabra del juramento, posterior a la ley, al Hijo, hecho perfecto para siempre (Hebreos 7:23-28).

Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?

Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo. Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.

Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado, que tenía [una corona con] siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.

Y vino, y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos;

y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra (Apocalipsis 5:1-10; añadidura para aclaración).

Pedro, uno de los apóstoles de Jesús, escribió lo que vio:

Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo (2 Pedro 1:16-18).

Todos los discípulos, excepto Juan, perdieron sus vidas como mártires, y Dios honró su dedicación grabando sus nombres en los cimientos de la ciudad de Dios:

Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas (Apocalipsis 4:9-11).

La resurrección de Jesucristo es el tema grandioso del universo. Sin ella, nada tiene sentido. La vida de una persona no tendría propósito. La lógica de nuestra existencia desaparecería, y quedaríamos reducidos a objetos sin significado, existiendo por una temporada y desapareciendo sin razón alguna.

Si Jesús viniera a la tierra hoy lo ejecutaríamos de nuevo por las mismas razones. Tal como el sanedrín, nuestros gobiernos de buen grado negarían la autoridad del “YO SOY,” y por tanto seguirían el mismo camino. Dirían: “No queremos que éste reine sobre nosotros.”

Al fin de la gran tribulación el mundo se verá de nuevo ante Jesucristo. Esta vez, no obstante, Él vendrá para reinar con poder supremo. La gente de nuevo desempeñará sus papeles asignados según la palabra de Dios. Dios hará exactamente lo que él ha dicho que hará.

Los Estados Unidos ya están en proceso de borrar toda referencia a Dios en las arenas públicas, incluyendo las escuelas y bibliotecas. Muchos dirigentes están incluso decididos a cambiar la Constitución, que nos recuerda que los padres fundadores usaron la Biblia como su guía para establecer leyes para gobernar a una nación bajo Dios.

La Serpiente de Bronce

Una narración del Antiguo Testamento ilustra lo que Dios planeó hace miles de años. Israel andaba viajando por el desierto, camino a la Tierra Prometida. En este relato en particular el desierto es un símbolo de nuestro presente sistema mundial. Una serpiente (representando a Satanás) forzó a la humanidad a tomar una decisión:

Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano.

Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo.

Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá (Números 21:4-8).

El pueblo de Israel estaba insatisfecho con Dios. Moisés los había sacado de la esclavitud de Egipto. Entonces viajaron por el desierto como por cuarenta años en preparación para entrar en la Tierra Prometida. Se la llama así porque Dios les había prometido la tierra de Canaán a Abraham y a sus descendientes como herencia. En el desierto Dios les dio de comer, los vistió, y suplió todas sus necesidades. Sin embargo, ellos no estaban contentos, cansados de la misma dieta de maná. Desdeñaron a Dios por proveerles el alimento milagroso del cielo todos los días. Querían saborear la carne que habían disfrutado en Egipto, en donde sus padres fueron esclavos de un gobierno opresivo.

Dios no miró con buenos ojos su rebelión. Mandó serpientes venenosas por el campamento, que mataron a muchos indiscriminadamente. Los israelitas le echaban a Moisés la culpa de todo problema que surgía, incluyendo este. Pero entonces el pueblo se dio cuenta de que habían ofendido a Dios, y clamaron pidiendo misericordia. Dios les instruyó que hicieran una serpiente de bronce y la colocaran sobre un poste. El que miraba a la escultura de la serpiente, quedaba sano.

Muchos de los descontentos rehusaron aceptar la provisión de Dios. Pensaban que era un método nada científico para curar mordeduras de serpientes venenosas. No tenían ningún precedente histórico que indicara que serviría, y parecía nada más que algún truco místico.

El escepticismo humano siempre pone en tela de duda los métodos que Dios nos presenta. Satanás disputa la provisión de Dios para salvarnos del veneno del pecado. La actitud humana natural nos hace pensar que cualquier propuesta que Dios presenta es innecesaria y no es digna de confianza, porque es contraria a nuestra educación científica. El diablo nos convence de que es ilógico y contra todo sentido común.

El paralelo de este relato es la muerte de Jesucristo, levantado en un poste. Por su crucifixión él se hizo el medio por el que todos podemos recibir salvación. El veneno de nuestro pecado nos llevará a la muerte eterna, pero Dios nos ordena mirar a la cruz, en donde el Hijo que él proveyó pagó el precio de nuestro pecado para restaurarnos. El veneno ya no surtirá ningún efecto en nosotros, si tenemos fe en que él ha resuelto el problema:

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:14-15).

Debido a que no podemos demostrar científicamente el poder de Dios, muchos niegan que la resurrección haya tenido lugar, o ponen en tela de duda que Jesucristo haya vivido en la tierra y muerto por nuestros pecados. Dios nos da la libertad de la duda, pero los hechos siguen siendo hechos. Ninguna otra religión del mundo enseña una cura para la naturaleza pecadora del ser humano, o perdón de los pecados contra un Dios santo. Ninguna otra religión presenta un relato en el que un Dios eterno haya pagado el precio del pecado.

A nuestro temperamento natural no le gusta la noción de que alguien ofrezca algo gratuitamente. Nos dejamos persuadir a hacer todo esfuerzo para ganarnos nuestra entrada al cielo mediante las llamadas buenas obras. De costumbre se celebrar y realizan actividades religiosas y ritos complejos para sobornar a algún dios o espíritu para que nos conceda algún favor. Algunos escogen seguir tortuosas negaciones de comida o ejercicios dolorosos. Otros se atan explosivos al cuerpo para hacerlos estallar, creyendo una mentira y matándose a sí mismos y a otros. Las buenas noticias son que Dios ofrece la salvación por gracia, sin ningún precio que pagar aparte del que ya fue pagado por el Hijo.

Cuando mis padres me daban un regalo, yo no los deshonraba dándoles dinero para pagarlo. Jesús ofreció la dádiva de la vida eterna. Su sacrificio de sangre fue aceptable a Dios. Sin sacrificio de sangre no hay perdón de pecados. Dios rasgó el velo del templo para indicar que ya no es necesario sacrificar un cordero (que por siglos fue sombra del sacrificio supremo que vendría: Jesucristo) para hacer expiación por el pecado. Dios ha recibido plena satisfacción.

He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén.

Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir (Apocalipsis 1:7-8).

Mirando al futuro distante Dios sabía siempre que el hombre no sería coteja para el ser más vil y más poderoso jamás creado, así que hizo una provisión especial para darle al hombre una oportunidad de vida eterna. En el 33 d.C., en medio de la séptima edad (zayin), Jesucristo pagó el precio que exigía la santidad de Dios. En la cruz él sufrió las consecuencias del pecado de Adán, para hacer expiación por usted y por mí, y por todo ser humano.

En ese momento, en la dimensión tiempo, Jesús dejó a un lado todos sus derechos como Creador, su prerrogativa de reinar como rey, y el poder de exigir lo que sea que quisiera. Para demostrar cuánto nos ama Dios, voluntariamente se sujetó al ciclo de vida y muerte de la naturaleza que él había creado.

Durante los últimos tres años de su vida terrenal Jesús enseñó a doce hombres cosas sobre el cielo y el plan de Dios. Esto llegó a ser el evangelio y las enseñanzas del cristianismo. Jesús reveló el misterio del propósito eterno de Dios, que había estado oculto a los hombres por miles de años. Pablo y los otros apóstoles escribieron este mensaje a fin de que unos dos mil años más tarde nosotros podamos estudiar lo que Jesús dijo.

Todavía estamos viviendo en la séptima edad (zayin). Este período terminará cuando empiece la gran tribulación. Muchos están convencidos de que los sistemas políticos y económicos del mundo están casi en bancarrota. Los problemas de la tierra se han desbocado y no hay cómo corregirlos. El pajarito del reloj de cuclillo, la gran tribulación, está a punto de anunciar su presencia.

DiosEspíritu

El tercer lado del triángulo representa a DiosEspíritu: fuerza poderosa y misteriosa. Cuando Dios formó a Adán sopló en él aliento (ruaj), y el hombre llegó a ser un alma viviente. El Espíritu es invisible; no podemos verlo, ni tocarlo, no olerlo, pero está allí.

Cuando una persona se reconcilia con Dios durante su peregrinaje en la tierra, el Espíritu Santo viene a residir en esa persona y empieza un programa de reconstrucción. Ese individuo llega a ser una nueva creación, o nueva criatura, en Jesucristo. Los creyentes a menudo describen la experiencia de fe como ser salvados o nacer de nuevo:

—Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre. Ahora ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación proviene de los judíos.

Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad (Juan 4:21-24, nvi)

El Espíritu Santo convence a los hombres de pecado, de modo que nadie tendrá excusa en el día final. Nos educa en cuanto al bien y al mal, dejando una huella en nuestra conciencia. Controla los asuntos de las naciones e imparte sabiduría espiritual a los que se reconcilian con Dios. Supervisa el plan de Dios para la humanidad de acuerdo al propósito divino del Padre. Su presencia y poder se ven en milagros sobrenaturales, en la sanidad de enfermedades del cuerpo y de la mente. Capacita y perfecciona a los elegidos para su destino futuro. Programa al hombre salvado para que reconozca el mal:

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.

Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente (1 Corintios 2:10-14).

El derramamiento del Espíritu Santo empezó hace dos mil años, poco después de que Jesús fue llevado al cielo:

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.

Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios (Hechos 2:1-12).

En los últimos días, durante la gran tribulación, el Espíritu Santo será nuevamente derramado sobre la tierra:

Después de esto,
derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano.
Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán,
tendrán sueños los ancianos
y visiones los jóvenes.

En esos días derramaré mi Espíritu
aun sobre los siervos y las siervas.
En el cielo y en la tierra mostraré prodigios:
sangre, fuego y columnas de humo.
El sol se convertirá en tinieblas
y la luna en sangre
antes que llegue el día del Señor,
día grande y terrible.
Y todo el que invoque el nombre del Señor
escapará con vida,
porque en el monte Sión y en Jerusalén
habrá escapatoria,
como lo ha dicho el Señor.
Y entre los sobrevivientes
estarán los llamados del Señor (Joel 2:28-32, nvi).

La Influencia de Satan ás en este Mundo

Algunos no creen en un diablo. La mayoría de estas personas tampoco creen en Dios. Pero sin tales doctrinas tenemos gran dificultad para explicar la presencia del mal en este mundo. Científicamente nadie puede explicar adecuadamente siquiera la vida, que abunda a nuestro alrededor, o determinar de dónde venimos. Ninguna prueba de laboratorio puede probar sus presuposiciones.

La Biblia nos dice que el diablo es real. Según la Biblia los que no creen lo que está escrito en las Escrituras revelan que sus mentes han quedado entenebrecidas y que se han dejado engañar para creer una mentira. Debido a su incredulidad ya han sido juzgados; y por tanto sus nombres no constan escritos en el Libro de la Vida.

El dios de este mundo [Satanás] ha cegado la mente de estos incrédulos, para que no vean la luz del glorioso evangelio de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4, nvi).

Satanás esclaviza a los individuos causándoles depresión, adicción a drogas, enfermedades y otras condiciones que nos impiden disfrutar plenamente de la vida que Dios nos ha dado. Su objetivo es el conflicto global, guerras, destrucción masiva, limpieza étnica y cualquier cosa que impida que las personas busquen perdón de pecado y se reconcilien con un Dios de amor.

Muchos científicos brillantes niegan la existencia de Dios, habiendo sido cegados totalmente por el diablo. Ellos deben, en consecuencia, concebir teorías tales como la de la evolución, que son mentiras astutamente disfrazadas que no pueden resistir la prueba científica. Todo resulta de la vieja teoría que Satanás propuso originalmente, pero que ahora reaparece en una versión recién recalentada de lo que ha estado rondando por largo tiempo.

El Fin de Satanás

La Biblia indica cinco etapas del juicio y ruina de Satanás:

  1. Fue expulsado de su posición original en el cielo, excluido del monte santo de Dios (Ezequiel 28:16).
  2. En el huerto del Edén se anunció el juicio contra su dominio. Génesis 3:15 predice que su cabeza sería triturada, lo que sucedió en el año 33 d.C., cuando Jesús murió y resucitó. Por la crucifixión de Jesús, Satanás también perdió su poder en el cielo (Juan 19:30).
  3. Será arrojado del cielo y su dominio sobre la tierra se acabará (Apocalipsis 12:13).
  4. Será encerrado bajo la tierra, en el abismo, por mil años (Apocalipsis 20:2-3).
  5. Será arrojado la lago de fuego, su término final (Apocalipsis 20:10).

El profeta Isaías describió la derrota de Satanás:

¡Cómo paró el opresor, cómo acabó la ciudad codiciosa de oro! Quebrantó Jehová el báculo de los impíos, el cetro de los señores; el que hería a los pueblos con furor, con llaga permanente, el que se enseñoreaba de las naciones con ira, y las perseguía con crueldad.

Toda la tierra está en reposo y en paz; se cantaron alabanzas. Aun los cipreses se regocijaron a causa de ti, y los cedros del Líbano, diciendo: Desde que tú pereciste, no ha subido cortador contra nosotros.

El Seol abajo se espantó de ti; despertó muertos que en tu venida saliesen a recibirte, hizo levantar de sus sillas a todos los príncipes de la tierra, a todos los reyes de las naciones. Todos ellos darán voces, y te dirán: ¿Tú también te debilitaste como nosotros, y llegaste a ser como nosotros? Descendió al Seol tu soberbia, y el sonido de tus arpas; gusanos serán tu cama, y gusanos te cubrirán.

¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo.

Se inclinarán hacia ti los que te vean, te contemplarán, diciendo: ¿Es éste aquel varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos; que puso el mundo como un desierto, que asoló sus ciudades, que a sus presos nunca abrió la cárcel?

Todos los reyes de las naciones, todos ellos yacen con honra cada uno en su morada; pero tú echado eres de tu sepulcro como vástago abominable, como vestido de muertos pasados a espada, que descendieron al fondo de la sepultura; como cuerpo muerto hollado. No serás contado con ellos en la sepultura; porque tú destruiste tu tierra, mataste a tu pueblo. No será nombrada para siempre la descendencia de los malignos (Isaías 14:4-20).

En Apocalipsis 20:10 se describe el fin de Satanás:

Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.

Otros pasajes bíblicos proveen nociones adicionales de este ser extraordinario y poderoso que conocemos como Satanás. La siguiente es una lista parcial:

Tabla de Atributos de Satanas

 

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Enlaces del capítulo en: 
¿Se Acerca la Gran Tribulación?
5 - El Surgimiento de la Segunda Civilización 11 - Repaso y Continuación del Peregrinaje
12 - El Plan e Identidad de Dios en Jesús, el más Pequeño Micro-Huevo del Universo


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